Viaje a Lucca

Mujer visitando museo en Lucca, Italia, con exhibición de sombrero antiguo en vitrina.

Este artículo no es reciente. Y, sin embargo, sería injusto dejarlo en el silencio. Porque hay viajes que no caducan, experiencias que no pertenecen al calendario sino al alma. Y este, sin duda, ha sido uno de los más importantes de mi vida, por no decir el que más.

Fue un regalo de Óscar Parra. Y no solo el viaje. También su compañía. Porque hay emociones que, cuando se comparten, no se dividen: se multiplican. Desde que le conocí, su presencia ha sido eso, un regalo constante.

Todo comenzó en una etapa que ya estaba transformándolo todo: el rodaje de Gemma Galgani. Un proyecto que no solo ha supuesto un reto profesional, sino un punto de inflexión personal. Lo que no imaginaba era hasta qué punto la historia iba a dejar de ser un guion para convertirse en experiencia.

Entrar en la auténtica Casa Giannini, en Lucca , donde vivió Santa Gemma, no fue una simple visita histórica. Fue cruzar el umbral de una vida real. Caminar por la casa donde residió con su tía Elisa tras la muerte de su padre, detenerse en la iglesia donde rezaba y se confesaba, recorrer las mismas calles que pisaron sus pasos… Todo adquiría una dimensión distinta, íntima.

Hubo un momento especialmente difícil de describir: estar en la habitación donde “voló al cielo” con su amado Jesucristo. El silencio allí no era ausencia de sonido; era presencia. También pudimos acercarnos al lugar donde se encuentra su tumba, tocar parte de su corazón y contemplar reliquias que formaron parte de su cuerpo, de sus manos, de sus pies. Hay vivencias que desbordan el lenguaje. Esta es una de ellas.

El viaje también estuvo marcado por los encuentros. Conocimos a las llamadas Hermanas de Santa Gemma, herederas de una devoción que nació del impulso de Eufemia Giannini, Sor Gema de Jesús, fundadora del Instituto de Hermanas de Santa Gema en Lucca. Nos trataron de maravilla y nos adentraron en la vida de Santa Gemma como si todavía estuviera por allí con nosotros. También compartimos tiempo con sacerdotes y voluntarios cuya cercanía nos permitió comprender no solo la historia, sino el espíritu que la sostiene.

Cada conversación, cada anécdota, cada detalle nos acercaba más a quien ya sentimos como nuestra queridísima Santa. Y, después de todo lo vivido, no puedo evitar pensarlo: no fuimos nosotros quienes la encontramos. Fue ella quien nos eligió.

Gracias, Santa Gemma.
Gracias, Señor.